Mi historia ocurre en un pueblito lejano del norte argentino. Viajando, me encontré con dos personas inquietantes. Sus ojos brillaban con secretos, de esos que huelen a pactos familiares. Antes de adentrarme en su historia, quiero recordar: las palabras son mi escudo y mi espada. Ellas me guiarán a través de la niebla y me protegerán de lo desconocido.
Así comienza mi relato, entre matés y música🖋️:
Al llegar a ese pueblo, comencé mi búsqueda de empleo. Para mi grata sorpresa, recibí una llamada para una entrevista. Como me encanta enseñar, me ofrecí para dictar clases allí.
En el corazón de la ciudad se encontraba el edificio. Parecía escondido, sin cartel, apenas llamaba la atención. Pero aquellos que se aventuran a cruzar la entrada, descubren un mundo retorcido y asfixiante. El interior del edificio parecía un departamento para una familia, con pocas ventanas y persianas rotas. Habían transformado una casa en una institución. Sin embargo, la puerta de entrada estaba inexplicablemente pulida, limpia, como si alguien la limpiara con devoción.
Por dentro, cada paso que daba me devolvía una sensación de estar observada. Me recibió la directora, Elena, una mujer de cabello deshidratado y ojos cansados. Su voz era suave pero persuasiva. La entrevista fue peculiar. Una pareja me recibió: primero la señora y luego se sumó su esposo en medio de la conversación. Sin embargo, las preguntas de él me impactaron: “¿Tienes hijos? ¿Estás casada o comprometida?” En el fondo, me parecían inapropiadas, como si escarbara en mi vida personal.
La señora, en cambio, era encantadora. Tenía esa mirada que va más allá de las palabras. No solo te escuchaba, sino que también parecía abrazarte con su comprensión. Pero había algo más en ella, algo sutil y oscuro. Como si escondiera cadáveres en su casa sin que nadie se enterara. Vibraba con un aire maternalista, como si supiera secretos que nadie más podía imaginar. En su presencia, sentí que podía hablar de todo en absoluto.
Empecé a trabajar, y entre clases compartíamos mates. Charlábamos entre mujeres en general, así conocí a dos de las tres hijas de Elena. Me llamaba la atención que cada vez que llegaba Laureana, su primera hija, se metían en la oficina. Elena cerraba las puertas y se podía escuchar que susurraban. Elena prendía un sahumerio particular, blanco y cristalino, algo que nunca había visto antes. Me contó, con la misma sonrisa encantadora de siempre, que el sahumerio era una mezcla de hierbas y secretos oscuros. Quienes lo inhalan sienten un éxtasis momentáneo. Ella lo prendía en momentos de desesperación, en momentos difíciles. Personalmente, no me atrapaba mucho; olía a madera quemada.
Pero el sahumerio no era solo humo para Elena. Ella y su hija parecían diferentes después de cada reunión “privada”. Yo sentía que la entidad se libera, se enrosca en ellas y se convierte en parte de ellas. Siempre prendía uno cuando tenía a las profesoras presentes; la mayoría eran mujeres de la iglesia. Recuerdo que siempre me invitaba a ir a la iglesia con ella. Un día escuché que discutían sobre trivialidades, Elena y su hija Laureana, ignorando las puertas. “¿No soy hermosa?”, preguntaba Laureana. “¿No soy especial?” Elena se reía y prendía un sahumerio.
Con el tiempo, Laureana empezó a tenerme confianza y me invitó a las reuniones privadas.
En las sombras de su matrimonio, Elena se desvanece como un fantasma. Su apellido, ahora el de su esposo, pesa sobre ella como una losa. La mujer que una vez fue se ha desvanecido, reemplazada por la esposa devota que cree que su propósito es servir a su marido.
En la casa de paredes descoloridas, Elena se despierta temprano para preparar el desayuno. El aroma del café y las tostadas se mezcla con el eco de las palabras de su esposo: “Una buena esposa debe estar siempre disponible”. Asiente, ocultando sus propios deseos y necesidades bajo la alfombra gastada.
El espejo le devuelve una imagen borrosa. Su cabello, antes alzado en mechones rebeldes, ahora está peinado en una trenza apretada. Sus ojos, una vez llenos de sueños, reflejan solo tristeza. Elena se pregunta si alguna vez fue más que una extensión del apellido de su esposo.
Las hijas de Elena la observan en silencio. Han aprendido a no hacer preguntas, a no cuestionar la sumisión de su madre. Pero en sus ojos, hay una chispa de rebeldía. Se preguntan si alguna vez podrán escapar de las mismas cadenas.
En las noches, Elena se acurruca bajo las sábanas gastadas. Su esposo ronca a su lado, satisfecho. Ella piensa en la mujer que solía ser, en los sueños que dejó atrás. ¿Dónde está esa Elena? ¿Se perdió en el apellido que lleva ahora?
El viento aúlla fuera de la ventana. Elena escucha susurros en la oscuridad. Voces que le hablan de libertad, de redescubrirse a sí misma. Pero el miedo la mantiene quieta. ¿Qué pasaría si se atreviera a recordar quién era antes de convertirse en la esposa olvidada?
Así, Elena sigue su camino, una sombra en su propio cuento de terror. Su cabello, ahora liso y sin vida, es el reflejo de su alma apagada. Y mientras su esposo duerme, ella se pregunta si Dios también la ha olvidado.
Tenía una hija, una joven de mi edad. Ella se quedó embarazada. El escándalo era inaceptable en aquel rincón conservador, y la hija fue obligada a casarse con un hombre al que apenas conocía. El amor no era la base del matrimonio, solo la conveniencia y la tradición.
Los argumentos de los padres eran simples: "Es lo correcto, es la voluntad de Dios". Y así, la hija se convirtió en esposa, con miedo y sentido del deber. Los padres, firmes con que ella aguante. El esposo y su familia la recibieron como se recibe una valija/un paquete. Él, un hombre de carácter violento, la sometía a maltratos físicos y emocionales. Los días se volvieron un infierno, y la hija debía aguantárselo.
Después de dos hijos y años de sufrimiento, la hija finalmente se liberó. El esposo la abandonó para buscar fortuna en otra provincia, y ella quedó sola con sus dos hijos. Él volvió a formar otra familia. Pero la historia sigue. Yo entiendo su dolor y entre charlas, me alegraba haber podido ser un lugar seguro.
Sin embargo, lo más siniestro estaba por venir. La hija hablaba de sus otras hermanas con una extraña satisfacción. Contaba sus desgracias como si fueran cuentos macabros, y sus ojos brillaban al relatar las tragedias ajenas. La crueldad de su madre parecía haberse infiltrado en su alma, y la hija se alegraba en el sufrimiento ajeno. Parecía contenta porque no solo le pasaba a ella; se venía peor para sus hermanitas.
Me pregunto: ¿Era ignorancia o oscuridad lo que habitaba en el corazón de estas mujeres? Aquel pueblo para mí tendrá más historias inquietantes, y mi señora de... continuaba cargando su apellido como una corona, mientras su hija, ahora libre pero perturbada, se sumía en la misma sombra que había marcado su destino.
Sentía una oscuridad muy grande en mí, una sensación de estar estancada. Algunos, en momentos de lucidez, intentaban huir, quedándose en las aulas en las pausas. Pero Elena siempre aparecía con el sahumerio. “¿Por qué escapar?”, murmuraba Elena. “Aquí eres único.” En el fondo me sentía asfixiada. La ignorancia se respiraba, y la entidad se expandía.
Escribir es mi ritual. Cuando plasmo lo vivido, la emoción aterradora que siento se disipa. Las sombras se vuelven menos densas, los monstruos menos feroces. Escribir es mi exorcismo personal.
Y con una voz ronca me mira y me dice: “¿Te atreverías a salir? Si no, te quedas acá, pero ojo: tienes que mantener tus ojos cerrados ante la verdad distorsionada.” 😱🕯️
Cuanto más me acerco a la puerta, mejor la veo. Era igual a Elena, solo que tenía unos cuernos y con la oscuridad no se veía, pero en sus ojos podía verlo... una luz cristalina, una mirada llena de odio. Sí, ella estaba igual de perturbadora que su madre.
Hay preguntas para mantenerme en esa caverna, pensaba yo, mientras cruzaba la puerta. Las palabras, mis amigas las palabras, se juntaban, se formaban preguntas. A medida que cuestionaba, salía de la caverna. A una cuadra del edificio pude verlo más claro: el día es hermoso, la calle animada, un poco de aire fresco para inspirar hondo y a seguir haciéndose preguntas. Soy una viajera. Mi alma inquieta me llevó a rincones del mundo que jamás hubiera imaginado conocer. Lugares donde el tiempo se congela. Busco respuestas, pero también busco palabras. Porque, ¿qué sentido tiene vivir experiencias intensas si no puedo relatarlas?

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