domingo, 28 de julio de 2024

Parte 1- Sin - vergüenza!

 



Estaba sentada en un colectivo y miraba por la ventana. Me encanta mi estado de flow, así que lo busco en los pequeños momentos de la vida, perdiéndome mirando la nada y observando cómo los paisajes cambian a medida que el colectivo se mueve. Los paisajes del sur argentino son hermosos.


En una parada del colectivo, suben unos pasajeros y puedo ver a un sujeto que camina rengo. Se le puede oler el alcohol de lejos, y cuando el colectivero le pide que pague su ticket, él le muestra un carnet que dice "discapacitado". De mala gana, el colectivero lo deja pasar y sigue manejando. El sujeto se da vuelta con una satisfacción en la cara, como alguien que acaba de ganar una pelea. Mira hacia donde estoy sentada y sigue hacia su siguiente conquista: pedirme a mí que le ceda mi asiento.


Apenas puede hablar de forma coherente y se le siente el olor a alcohol de lejos. No parece molestarle la mirada de rechazo y odio de los demás, es más, lo está disfrutando. Miro la tarjeta que me muestra y veo los tres asientos vacíos en primera fila, que son los asientos para discapacitados. Antes de que reaccione, una pasajera le dice:


—¡Hey, tienes más asientos en frente, uno al lado de ella! Ella no tiene por qué levantarse.


La señora parecía muy irritada. 


—Señora —le digo—, por favor no se meta. Déjelo, que yo puedo hablar.


Es muy común para mí, siendo extranjera, que o piensen que no sé hablar en español o piensen que necesito que intervenga un salvador. Muy amablemente le sonrío a la señora y le digo:


—Todo está bien.


Al señor, al que mentalmente llamo "Don Furia", le pido que se siente en la ventana si lo desea, porque puedo entender que es un lugar que ayuda a volver a su centro.


—Yo me sentaré al lado de usted —le digo.


Esta vez no había batalla. Se sentó con una expresión confundida.


—Buenos días, señor —le digo muy seria—. ¿Está usted bien?


—No, no estoy bien —responde—. No tengo ganas de hablar.


—Le entiendo. A mí también me pasa que a veces estoy mal y no quiero hablar con nadie.


Se sorprendía a sí mismo diciendo:


—Así es, a nadie le importa lo que me pasa. Me siento frustrado, enojado y molesto. No sé ni por dónde empezar.


En el fondo entiendo que hay cosas que nos superan a tal punto que esa energía negativa nos cuesta controlarla.


—Es verdad, a nadie le enseñan en la calle a procesar sus emociones —le digo—. Se siente feo, ¿verdad? ¿Cómo se siente eso, de que nadie te vea, de que a nadie parezca importarle? ¿Dónde lo siente? Porque a mí me pasó, un dolor en el pecho, ganas de renunciar, se siente más la gravedad del suelo. Aunque queremos, nos sentimos pesados, con ganas de llorar. Parecía que yo decía lo que él pensaba. Le veo al hombre que empieza a llorar.


—Necesito moverme, llorar, ni mi cuerpo me sigue. En un accidente perdí mi pierna, me duele y necesito que alguien más sufra —dice entre llanto y grito.


Se podía sentir un silencio en el colectivo. Yo pienso en lo cruel que es la vida, que tengamos países con educación gratuita y uno llegue a la edad adulta sin jamás haber aprendido a decir: necesito un abrazo, estoy triste porque no me entiendo, estoy abrumado por el día, por mi cuerpo y mi mente que funcionan a otra velocidad.


—Del 1 al 10, señor, ¿qué tanto le duele?


—¡Un 15! —grita.


—Yo he leído un poco sobre dolor —le digo—. Usted se siente mal. No lo vea tal vez así, pero la frustración, la tristeza, la angustia, el dolor son amistosos.


Le digo con intención de ser compasiva:


—La tristeza nos pone en contacto con nosotros mismos a través de pérdidas, separaciones o distanciamientos. Nos permite explorar y aceptar el dolor, lo que es esencial para superarlo y pasar a otras emociones. Aunque dolorosa, la tristeza nos enseña, nos conecta con nuestra humanidad y nos permite sanar emocionalmente.


La ira es una emoción poderosa que surge cuando sentimos que nuestros derechos, deseos o expectativas han sido violados. Puede manifestarse como una sensación de enojo, frustración, irritabilidad o furia intensa. La ira puede variar en intensidad y duración, desde una leve irritación hasta un enojo incontrolable.



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