Una máscara tejida con miel y mentira.
Ella, sombra que acecha,
que escucha cada rincón de tu ser,
espera el momento justo.
Cuando percibe tu fragilidad,
se quita el disfraz:
y la ves, al fin.
No estaba contigo.
No sabe lo que es lealtad.
Aún así, jura ser tu hermana.
Pero ahí está:
el monstruo en la penumbra,
en la oscuridad de tu cuarto,
una grieta en tu confianza.
¿Cómo llegó tan adentro?
Entonces, la reconoces:
la hermana, la tía, la señora que amaste.
Vendida.
Al sistema, al guion, al plan que repite sin pensar.
Pero hay algo que no sabe:
que el pacto que firmó
no era su libertad,
era su condena.
Le dieron una teoría de vida,
un manual para seguir
como otras cuatrocientas almas perdidas.
Eligió la jaula,
y ahora no puede ver
a las que escribimos nuestras propias páginas.
La hermana vendida,
busca ansiosa impactar,
ser alguien en un mundo de sombras.
Pero al aceptar las reglas,
cedió su poder.
¿Y qué lógica hay en eso?
Elegir la cárcel con las puertas abiertas.
¿Por qué apagar mi luz
si nunca aprendiste a encender la tuya?
No lo entiende,
pero su traición se selló en ese momento.
El amor con amor se paga, dicen,
pero tú rompiste ese pacto.
A la que me adula y me persigue,
la que cambia de máscara
para pasar de víctima a monstruo:
rabia, fuego, cenizas.
Impacto, control, pérdida.
La tormenta que eres
no puede apagar mi sol.
En el crisol de la traición,
mi libertad respira.
Y en tu persecución,
yo florezco.
Rompo las cadenas,
y el sol en mi pecho
se alza brillante.
Soy libre,
y esta, hermana,
es mi revolución.

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