Nadie sabía de dónde venía el billete. Era viejo, deslucido, con una mancha oscura que parecía sangre seca. Lo encontré en mi mochila una mañana, como si alguien lo hubiera dejado allí con intención.
Al principio, pensé en gastarlo rápido, como se hace con todo lo que da mala espina. Pero cuando pagué el café, la barista me miró raro, casi con miedo, y me devolvió el dinero exacto… más el mismo billete. Él siempre volvía.
Pronto, los sueños comenzaron. Veía a mi padre parado en la puerta de mi pieza, susurrando cosas horribles sobre mi futuro, sobre cómo iba a fallar. Soñaba que el billete ardía en mi mano mientras escuchaba su risa al otro lado del teléfono.
Empecé a perder cosas: un trabajo, una beca, un amigo. Cada vez que el billete aparecía, algo malo pasaba. Lo metí en una caja y la enterré en el jardín de una casa que ya no era mía, pero volvió, más arrugado, en el bolsillo de una campera vieja que ya no usaba. Era como si tuviera voluntad propia.
Una noche, decidí enfrentarlo. Lo puse sobre la mesa, encendí una vela y escribí una carta a mi padre. No para pedirle nada. No para insultarlo. Sino para devolverle todo lo que me había dejado encima: su miedo, su manipulación, su ambición vacía. Quemé la carta junto al billete, vi cómo se consumían juntos, en una danza negra de humo y ceniza.
Desde entonces, el billete no volvió. Pero algo más sí: la tranquilidad. Dormí por primera vez en años sin sobresaltos. Empecé a trabajar en lo que me gusta. Volví a confiar en mí. La maldicion ya no viene junto con el dinero y ya no me persigue el dinero maldito. Ahora lo uso como herramienta, no como cadena.
Y aunque todavía tengo cicatrices, también tengo libertad. Mi verdadera riqueza empezó el día que dejé de darle poder a su voz.
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